Una breve historia

POR PATRICIA NOVOA /

“Ser fotógrafo es convertirse en coleccionista de la propia memoria.” Martin Parr.

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Todos los negativos, positivos e imágenes digitales que he realizado durante 35 años, están ordenados, clasificados, numerados y archivados; cada fotografía impresa tiene escrito al reverso la fecha y edad de los personajes fotografiados. A partir de este archivo, imagen tras imagen, mes a mes y año a año se van construyendo historias, personales, familiares y de otros.

¿Por qué esta obsesión?, ¿atesorar esta colección, estas historias visuales?

No requiere un análisis muy exhaustivo, se explica por las casi inexistentes imágenes fotográficas de mi familia. Sólo una fotografía de mi padre cuando era niño, al igual que de mi abuelo al cual no conocí, retratado junto a mi abuela el día de su matrimonio. Ella vestida con un simple vestido blanco, de pie al lado de la silla donde él está sentado, ambos muy serios, mirando de frente a la cámara. Es el único testimonio que existe de ellos juntos, sólo esta imagen, el recuerdo del día de su matrimonio, un momento específico; ellos ya no están presentes, pero la imagen que observamos nos sigue narrando, entregando información: de época, de lugar, de familia.

Esta fotografía –un positivo en papel– realizado lo más probable a partir de una copia por contacto de una placa de vidrio, llegó a mis manos hace algunos años, muy deteriorada, sucia, había estado en contacto con humedad, ya no estaba en su marco original. Una imagen desvaneciente que se lleva con ella parte de la historia y su propia historia.

Tengo un vago recuerdo de niña de esta imagen, de haberla visto colgada por años en la cabecera de la cama de mi abuela en su casa de la calle Castro Barros, en Buenos Aires. Nunca me acerqué a mirarla con detención, sólo estaba allí.

La genética familiar es un relato que podemos construir a partir de la fotografía de mis abuelos. Cuando era niña, que me llamaran Juanita, por el supuesto parecido con mi abuela, no era comprensible en mi mente infantil. Hoy me reconozco en ella, y también se advierten los rasgos similares en una de mis hermanas y una de mis hijas.

La imagen puede haber sido realizada alrededor de 1920, han transcurrido más de 90 años y ya no es sólo una imagen de mis abuelos, no es solamente un recuerdo de un momento determinado en la vida de esas personas, es una narración, una multiplicidad de relatos. Por ejemplo, nos remiten a un momento de la historia de Latinoamérica, reconocible por los cánones estéticos, el vestuario, la pose de los personajes que nos habla de una época de patriarcado, donde la mujer –extremadamente joven–, es una esposa-hija, a la usanza de esos tiempos. La fotografía “Matrimonio por conveniencia”, de 1926, de Martín Chambí, fotógrafo peruano, tiene la misma estructura configuracional, los mismos patrones estéticos, los personajes son similares; la de mis abuelos podría ser incluso una fotografía realizada por este autor.

A partir de la estrategia de fotografiar pequeños fragmentos de la imagen con un lente macro, magnificándola muchas veces, llegando al límite de la representación antes que esta se transforme en sólo una abstracción, recupero detalles como la silla española en la que está sentado mi abuelo, los guantes que tiene en la mano, el abanico y el anillo de mi abuela.

Es el  efecto “Blow como he llamado a esta forma de recuperar información–haciendo referencia a la película de Michelangelo Antonioni, de 1966, historia donde el protagonista es un fotógrafo que descubre un crimen al hacer sucesivas ampliaciones de una fotografía  tomada en un parque, sin propósito especial, mientras pasea por el lugar.

La cámara registra lo oculto, lo mínimo, el detalle que escapa al ojo y que se evidencia más tarde, añadiéndonos datos a la historia principal.

La fotografía congela, captura un instante que se convierte en pasado, relativiza el tiempo.

 

 

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