Una pequeña historia en torno a la fotografía

POR ANDREA MEZA /

En este texto ofreceré algunas reflexiones personales en torno a la fotografía, indagando en las relaciones entre imagen y memoria. A partir de un encuentro casual con imágenes producidas en forma análoga, rescatadas desde la basura, recurriré a mis recuerdos para reconstituir, verbalmente, el camino que me ha conducido a la experimentación digital y la creación de paisajes anamórficos.

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Imagen 1: Atlas mnemosyne 2.0 / Montaje digital de imágenes fotográficas rescatadas de la basura.

 

Un día de Abril, al dejar mis bolsas de basura amontonadas junto a las de mis vecinos en el lugar donde las retira el camión recolector, algo que asomaba desde una bolsa de papel llamó mi atención. Encontré un grupo de imágenes en blanco y negro, pegadas sobre un cartón pluma negro, que puedo deducir corresponden a las primeras experimentaciones de alguien que se introduce en el mundo de la fotografía análoga. Recogí esa lámina, cuyo montaje me recordó los paneles que el historiador del arte Aby Warburg elaboraba para sus investigaciones; la observé, me cuestioné su sentido de lectura e interrogué todas sus partes.

¿Qué tienen de particular estas imágenes? El grupo incluye tres fotogramas de objetos, dentro de los que encontramos un insistente botón, una lupa, un envoltorio de un dulce Ambrosoli, una regla y tiras de contacto de películas fotográficas de 35 milímetros; estas últimas, al igual que el botón, figuran en aquellas tres imágenes. En el resto, veo capturas realizadas con una cámara estenopeica; hay dos positivos de un mismo lugar que no alcanzo a reconocer con certeza, pero es un paisaje urbano, mientras que de otra vista tenemos su versión en negativo y positivo. Lo que tienen de especial estas imágenes es el recuerdo que a mí me evocan.

Yo también fui aprendiz de fotografía e hice ejercicios como estos, maravillada con lo que en un cuarto oscuro, como por arte de magia, se revelaba ante mis ojos. Estas imágenes me remontan a aquellos días en los que una tía me prestó una cámara Zenit que atesoraba como recuerdo de su padre, artefacto que utilicé durante dos años para el curso de fotografía. Vienen a mi memoria días en los que los teléfonos móviles solo servían para hablar y nos cuestionábamos si era necesario que todo el mundo cargara uno; yo compraba mi primer celular, porque recién llegada a Santiago, alejada de mis afectos y del campo, consideré necesaria esa conectividad.

Las cosas no eran tan instantáneas como ahora. En la galería ubicada en calle Mac Iver con Alameda existían varios locales de venta de artículos e insumos fotográficos, conviviendo con los negocios de joyas; hoy parece ser que ahí hay menos interés por la fotografía, sin embargo, las joyas se siguen vendiendo. Hay tantas diferencias entre el oro, la plata y las fotos, pero también mucho en común. Recordemos lo que escribió Walter Benjamin en su Pequeña historia de la fotografía:
“Las fotografías de Daguerre eran placas de plata iodada y expuestas a la luz en la cámara oscura; debían ser sometidas a vaivén hasta que, bajo una iluminación adecuada, dejasen percibir una imagen de un gris claro. Eran únicas, y en el año 1839 lo corriente era pagar por una placa 25 francos oro. Con frecuencia se las guardaba en estuches como si fuesen joyas” (65).

Las sales de plata son indispensables para el revelado analógico, tan valiosas como un metal precioso para un joyero, lo son para el nostálgico que aun revela fotos de manera análoga, a pesar de que cada vez cueste más conseguir los insumos y todo sea más caro, a pesar de que revelar así sea navegar contra la corriente.

Fotos y joyas pueden ser atesoradas y valoradas como objetos para la memoria, pero ¿qué hace que algo sea digno de recuerdo? Para la persona que se desprendió del set de imágenes que yo recogí, al parecer éstas carecen de importancia. No sé si quien las botó fue quien las produjo, imagino muchas posibilidades al respecto: quizás quien las hizo no obtuvo una buena calificación por el encargo y le pareció que aquel ejercicio merecía el olvido, quizás ya han pasado años y de alguna forma hay que liberar espacio, aunque cueste desprenderse de algunos cachivaches, quizás antes de botarlas les sacó una fotografía digital y almacenó su registro en bits. Quizás algún día yo también las bote, pero para entonces existirá este texto.

Desde que leí por primera vez La cámara lúcida de Roland Barthes, hace ya varios años, siempre cargo con un aparato que me permite sacar fotografías. Ya sea, ahora el celular, una cámara digital o una cámara análoga, se trata de una prótesis de mi cuerpo que de ninguna manera se quedará en casa y menos si viajo a algún destino fuera del habitual. Aunque en rigor hay viajes inolvidables de los cuales no guardo imagen alguna más que en mi memoria, hoy no soy capaz de renunciar al acto de fotografiar, ya sea lo obvio o lo obtuso.

Hay fotografías bien predecibles; no tengo duda de que cuando viaje a Pisa yo también fotografiaré la torre inclinada, aunque en internet circulen miles. Me atrae mirar imágenes una y otra vez, porque siempre veo algo nuevo en ellas, en esa inmaculada inmovilidad vemos detalles que en la realidad misma a veces pasan desapercibidos. En una de las imágenes que recogí, encuentro el punctum que Barthes definió como: “ese azar que en ella me despunta (pero que también me lastima, me punza)” (59), veo en una tira de contacto un paisaje que aunque diminuto, creo reconocer: el parque Forestal, lugar en el cual yo también he caminado, fotografiado, pensado y amado.

El año 2012 compré un set de fotos antiguas, en un sobrecito titulado “10 vistas de Santiago de Chile”, cuya fecha de origen aún no dilucido con precisión. Pero como es más fácil reconocer lugares que momentos, identifico bien en aquellas fotos los hitos emblemáticos reproducidos en blanco y negro y dentro de ellos el Museo de Bellas Artes y su entorno próximo. Yo me propuse recapturar la misma vista, con la tecnología de la que disponía en aquel presente, es decir, con mi cámara Canon digital que encargué a una amiga cuando viajó a Estados Unidos. Quería evidenciar el paso del tiempo y sus efectos en el paisaje.

 

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Imagen 2: Museo de Bellas Artes. Fotógrafo desconocido.

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Imagen 3: Museo de Bellas Artes. Andrea Meza.

 

En mi foto, vemos al lado izquierdo, el castillo Forestal cubierto de plástico verde, como parte del proceso de renovación que lo llevó a convertirse en lo que hoy es: un restaurante. Pero más allá de los cambios que el tiempo ha dibujado en ese lugar, lo que más contrasta es cuan distinta es su representación.

Hoy me gusta jugar con las fotos, intervenirlas, ya sea reflejando, girando o escalando, modificando sus colores. Me entusiasma generar imágenes nuevas, nacidas de un acto casi instintivo, de una relación con el azar y la casualidad. Pero tengo una fascinación particular con el filtro coordenadas polares de Photoshop, que permite, dominando una cierta técnica, obtener imágenes como las que reproduzco a continuación.

 

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Imagen 4: Asteroide Calle calle. Imagen 5: Asteroide Piedras rojas.

 

Algunas de las personas que han visto estos experimentos de anamorfosis han dicho que les recuerda al hogar del Principito, inserto en el imaginario colectivo gracias a su reproducción en la portada de la mayoría de las ediciones del magnífico cuento de Antoine de Saint-Exupéry, razón por la cual he titulado mis imágenes con nombres de asteroides.
Para lograr este efecto es necesario disponer de fotografías panorámicas, que se pueden conseguir girando la cámara alrededor de un punto, haciendo sucesivas capturas, intentando atrapar la totalidad de lo visible. Luego, descargadas las imágenes en el computador, se pueden superponer y combinar automáticamente para formar un gran lienzo horizontal, que servirá para aplicar el filtro de distorsión.

En su forma circular, las imágenes resultantes tienen cierta sintonía con los objetivos de las cámaras; con ese dispositivo óptico que a muchos atemorizó al enfrentarlo por primera vez, ya que posar frente al él, en el pasado requería de largos segundos de inmovilidad, dado los tiempos de exposición necesarios para capturar la luz. Como un objetivo, estas imágenes atrapan la mirada. En ellas el lugar es menos reconocible, pero hay una tensión visual, una especie de imán que atrae la atención al centro, a un sitio geográfico particular, en el cual estuvo parado quien capturó las imágenes que ahora lo encierran y lo invisibilizan.

 

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Imagen 6: Asteroide Teotihuacan. Imagen 7: Restos de asteroides.

 

Al finalizar, confieso que la siguiente descripción del filtro coordenadas polares de Adobe Photoshop, disponible en la página web de su fabricante y que leí concienzudamente apenas me propuse escribir este texto, me resultó sorpresiva: “El filtro Coordenadas polares convierte las coordenadas rectangulares de una selección en coordenadas polares, y viceversa, según la opción seleccionada. Puede utilizar este filtro para crear una anamorfosis cilíndrica (arte popular del siglo XVIII), en la que la imagen distorsionada aparece normal al verse en un espejo cilíndrico”. Sorprendente, porque hasta ahora no había pensado que un artefacto puede mostrar la apariencia original de mis distorsionadas fotografías, ¿cómo un reflejo puede exhibir lo que fue y ya no es? hay algo mágico en eso, me intriga… ¡Necesito ese espejo!

 

 

Andrea Meza.Diseñadora en comunicación visual UTEM, Candidata de Magíster en Estudios de la imagen de la Universidad Alberto Hurtado. Actualmente se desempeña como docente en la Escuela de Diseño Duoc UC

 


Bibliografía:

Barthes, Roland. La cámara lúcida: Nota sobre la Fotografía. Barcelona: Paidós comunicación, 1989.

Benjamín, Walter. Pequeña historia de la fotografía”. Discursos interrumpidos I. Trad. de Jesús Aguirre. Consultado el 30 de Abril de 2015.

Photoshop Elements. “Coordenadas polares” en Filtros de distorsión. Consultado el 30 de Abril de 2015.

 

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